Traducir El lenguaje de las espinas fue toda una responsabilidad, no solamente porque Leigh Bardugo era una autora más “grande” que los anteriores, con una saga muy popular y querida entre el público juvenil, sino que además suponía entrar in medias res en una serie que ya había llegado al público español. Por suerte, se trataba de un libro bastante particular, una colección de relatos ambientados en el Grishaverso, con pocas referencias a personajes o conceptos concretos de la saga, por lo que el “bautismo” no fue tan difícil como cabía esperar y las reseñas que he podido leer son positivas; como ya se sabe, el traductor hace bien su trabajo cuando no se nota su presencia.

Tiempo después, he podido comprobar que el estilo de Bardugo ha cambiado bastante entre la primera “trilogía Grisha” y los siguientes libros. Principalmente porque ha pasado de la primera a la tercera persona, cosa que por un lado le permite saltar de un punto de vista a otro y construir una narración más ágil; al no tener que estar “anclados” a un solo personaje, podemos conocer los pensamientos y acciones de muchos otros, y además de una manera más “desapegada” pero igualmente eficaz. Mientras que con Alina estábamos un tanto obligados a conocer todas sus inquietudes y sus miedos en todo momento, ahora la autora nos puede dar pinceladas al ritmo que ella prefiera. Naturalmente, esto también se aplica a El lenguaje de las espinas (el formato de cuento casi no admite otra cosa). El cambio a la tercera persona también permite que la narradora explore su propia voz a la hora de jugar con el lenguaje y su estética: Alina era algo más parca y convencional en sus descripciones y en su forma de expresarse, mientras que aquí Bardugo puede desarrollar su propia musicalidad sin que resulte forzado.
La noche en que nació su segundo hijo, la luna llena se asomó al cielo con el color pardo de las costras secas. Los coyotes rodearon el palacio, aullando y rasguñando los muros, y le desgarraron las entrañas al guardia que salió a ahuyentarlos. Sus frenéticos gañidos eclipsaron los gritos de la reina cuando miró a la criatura llorona que acaba de deslizarse de su seno. Aquel principito tenía más forma de lobo que de niño. Estaba cubierto de un pelaje negro y húmedo desde la coronilla hasta los pies garrudos, sus ojos eran rojos como la sangre y de la cabeza le sobresalían dos incipientes cuernecillos.
El lenguaje de las espinas, Leigh Bardugo
Los títulos de dos de los cuentos plantearon cierta dificultad: Little Knife y When water sang fire. Como sabréis, Little Knife es el nombre que le pone uno de los protagonistas, Semyon, al río mágico que le ayuda a superar las pruebas que le plantea el duque. Era necesario conservar todos los elementos: Knife, “por tu brillo plateado bajo la luz del sol y porque eres mi fiero defensor”, y Little, porque Yeva comenta hacia el final del cuento: What is little about this river? Como veis, nada fácil: había que buscar un nombre breve, que realmente pudiera parecer un apodo que alguien le pondría a un río. Nada de palabras largas como “cuchillo” o “pequeño”, que son demasiado torpes en el paladar como para ser un nombre creíble en español. Tampoco «Cuchillito», que tenía un toque demasiado infantil, casi ridículo para mi gusto. Después de sopesar varias opciones, entre las que se encontraba “Daga Chica” (a mí me gustaba, aunque era demasiado regional; corríamos el riesgo de que el lector no lo entendiera), caí en la cuenta de que un cuchillo pequeño es un cuchillo corto. De ahí a la daga solo había un paso: “Daga Corta”. En cuanto a When water sang fire, es muy inglés eso de empezar un título con verbos o adverbios, pero el efecto en castellano (“Cuando el agua cantó fuego”) no me parecía satisfactorio; decidí darle un pequeño giro y colocar el sustantivo en primer lugar, transformando el resto en una subordinada: “El agua que cantó fuego”, que es igual de sonoro pero más natural.
Seguramente mis dos cuentos favoritos de este libro sean “La bruja de Duva” (por las diversas pistas que va dejando la autora sobre la identidad del culpable, y también por la atmósfera tan lograda que recrea) y “El zorro demasiado astuto”. Este último me gusta especialmente por lo mucho que me recuerda al Roman de Renart, sobre todo en su primera parte: no solo el protagonista es un zorro astuto y tramposo (Koja/Renart), sino que uno de sus mejores amigos es un tejón (Tejón Rojo/Grimbert) y engaña a un oso (Ivan Gostov/Bruin). También podríamos compararlo fácilmente con El Superzorro de Roald Dahl, claro, uno de mis libros infantiles favoritos (curiosamente, don Zorro también tiene como amigo a un tejón). Después el cuento toma un rumbo distinto con la aparición de Sofiya y Jurek, pero sin perder por ello esa atmósfera tan particular de fábula clásica.
¡Lo haré gustoso! —rugió—. Te liberaré de esa trampa y esta noche cenaré de balde… ¡estofado de zorro!
El lenguaje de las espinas, Leigh Bardugo
El contexto marcadamente rural de este cuento requería bastante léxico de la naturaleza, y en este caso sí que di rienda suelta al habla más coloquial: “raposa”, “topillo”… Un par de palabras en particular planteaban dilemas: primero, la planta dropwort, que es un nombre común para varias especies de plantas que existen en el mundo real y que finalmente identifiqué como la Oenanthe crocata, la candidata más probable. De sus muchos nombres en castellano, me decanté por “acibuta”, uno de los más sonoros, y que por su similitud con “cicuta” hacía pensar enseguida en un veneno. Otra posible candidata era la Oenanthe aquatica, uno de cuyos nombres en español sería “felandrio”. Tanto la crocata como la aquatica son plantas de raíz venenosa que crecen en zonas de agua estancada, así que en principio las dos eran válidas.
La segunda palabra era nightingale. “Ruiseñor” remite inmediatamente a un macho, por lo que “Lula, el ruiseñor” llevaba a engaño y despistaba al lector (y al traductor en su primera lectura), ya que Lula es específicamente una hembra y siente una especie de amor platónico por el zorro Koja. “La ruiseñor” o “la ruiseñora” son palabras agramaticales. Aunque cabía la posibilidad de cambiar la especie de Lula por otra ave canora con un nombre más femenino (“la alondra”, por ejemplo), ya que su especie no tenía mayor repercusión en el cuento, más allá de la ilustración de la última página, preferimos intercalar algún “ruiseñor hembra” con el resto y utilizar en lo posible adjetivos en femenino, tipo “posada en su hombro”, para dejarlo bien claro.
Como tantos otros antes que tú, has venido solo, turbado, enfermo de avaricia. Un millar de desesperados deseos se han pronunciado en esta orilla, pero en el fondo todos son el mismo: «Conviérteme en alguien distinto». Pero antes de que hables, antes de que renuncies a una pequeña parte de tu alma a cambio de saciar el hambre que llevas escrita claramente en tu semblante, hay una historia que deberías conocer. Mientras estás allí, de rodillas, oyes el gemido del hielo. El viento te azota, igual que una navaja de afeitar contra su asentador. Aun así, calla y escucha. Considera que esta historia forma parte del trato.
El lenguaje de las espinas, Leigh Bardugo
Hasta aquí algunas curiosidades sobre la traducción de El lenguaje de las espinas. Más adelante hablaremos largo y tendido sobre La biblioteca del monte Char, un libro fantástico (en todos los sentidos). Entretanto, en un par de días cambiamos de tercio y hablamos de juegos de mesa. Hasta entonces.