La trilogía de Los 14 de Monument fue bastante distinta de las demás. En primer lugar, la traduje del tirón (como ocurriría más tarde con la trilogía Grisha), porque los libros ya estaban todos publicados en inglés. Creo que eso aporta mayor cohesión al conjunto, al permitir que el traductor tenga todos los elementos “frescos” durante el proceso de traducción. Por otra parte, el público objetivo de esta trilogía era algo más joven que el de El reino en llamas (y no hablemos de El despertar). Eso implicaba prestar atención al tono y al lenguaje, tener cuidado con las palabrotas (aunque el original las tuviera, en ciertos casos había que suavizarlas) y procurar que los momentos humorísticos mantuvieran su eficacia.

Los 14 de Monument nos presenta un futuro cercano (apenas se nota diferencia en los avances tecnológicos) en el que se produce una catástrofe, o más bien varias. Nuestros protagonistas, los hermanos Dean y Alex, van de camino al instituto en el autobús escolar cuando empieza a caer una granizada monumental que empieza a hacer trizas el vehículo y a matar a sus ocupantes. La conductora del autobús consigue meter el vehículo dentro de un centro comercial cercano (todavía cerrado a esas horas de la mañana). Los supervivientes empiezan a organizarse y descubren que la granizada no es lo único terrible que ha ocurrido: Internet está caído, una erupción volcánica en las Canarias ha provocado un megatsunami que ha arrasado la costa este de estados unidos y, por si fuera poco, un centro de investigación militar cercano ha liberado en el ambiente un producto químico que afecta a la gente en función de su grupo sanguíneo: a algunos los mata a base de ampollas y hemorragias, a otros les provoca alucinaciones y a otros los vuelve violentos. En el exterior reina el caos, y lo más seguro es quedarse dentro, así que los chicos tendrán que crear un nuevo hogar dentro del centro comercial (aunque tres libros dan para mucho, y la aventura los llevará a muchos otros lugares). Los rifirrafes internos, las amenazas y los problemas están garantizados.
Lo que más me gustó de esta trilogía fue el desarrollo de los personajes. Ese microclima del centro comercial propicia una jerarquía social del estilo de El señor de las moscas (mucho más ligera, no os asustéis) que a mí me pareció muy bien llevada. No quiero desvelar nada, pero creo que la autora, Emmy Laybourne, consigue crear unos arcos verdaderamente interesantes con casi todos los protagonistas, y unas interacciones realistas en las que subyacen muchísimas sutilezas.

El estilo de los tres libros era muy particular, ya que el lenguaje que utiliza Dean (el narrador principal, aunque más adelante podremos ver otros puntos de vista) es relativamente sencillo, parco en descripciones, pero al mismo tiempo muy dado a los ejemplos gráficos y las comparaciones:
[…] sentía las piernas muy pesadas y torpes. Era como si tuviera patas de elefante. Como si alguien hubiera sustituido la parte inferior de mi cuerpo por un saco lleno de plomo.
Los 14 de Monument, Emmy Laybourne
Al mismo tiempo, los diálogos resultaban muy realistas, con repeticiones, titubeos e información indirecta. Procuré que todo sonara muy natural y creíble, y a veces hubo que dar más de una vuelta a determinadas frases, sobre todo cuando los personajes eran niños pequeños:
—He tenido una pesadilla —sollozó Caroline—. Quiero ir con mi mamá.
—Ya lo sé, ya lo sé —dijo Astrid.
—Jo, gracias por despertarme, Lloraline —se burló Chloe—. Ahora me estoy haciendo pis. ¿Quién me acompaña?
—«Lloraline» es un insulto, Chloe —comentó Batiste—. Y decir insultos es ya sabes qué.
—¡No lo es! —replicó Chloe.
—¡Que sí! —insistió Batiste.
—Batiste, eres muy criticón —dijo Astrid—. Y creo que ser criticón es pecado.
—¡No es pecado! —dijo Batiste, ofendido—. Me sé todos los pecados, y ser criticón no es pecado.
—Es posible que no —dijo Astrid—, pero ¿seguro que te quieres arriesgar?
Eso le dio algo en qué pensar.
Contuve una carcajada al ver su expresión de perplejidad.
—Vale, chicos —prosiguió Astrid—, os voy a llevar al servicio. Hacemos todos pis y nos lavamos las manos. Luego iremos a buscar la cena al pasillo de los congelados.
Los 14 de Monument, Emmy Laybourne
Dos elementos fueron particularmente complicados: el humor y las canciones. El grupo de supervivientes incluye a varios niños pequeños que desprenden “adorabilidad”, y hubo que trabajar duro para trasladar ese efecto (a juzgar por algunas críticas que he leído por ahí, se consiguió).
Uno de los pequeños, Max, es el clásico niño estadounidense de familia desestructurada, y las anécdotas que va contando sobre su peculiar familia suponen un contrapunto humorístico muy potente, cuyo tono había que trasladar de forma natural y efectiva:
—Y si vamos a casa de mi padre, pedirá hamburguesas del McDonald’s. Lo que más le gusta es la comida de Wendy’s, pero ya no va por allí porque una vez, mi padre fue al Wendy’s con su camioneta en mitad de la noche, y no os lo vais a creer, en la ventanilla había una chica y él le dijo «Eres demasiado guapa para trabajar en el turno de noche», y ella le respondió «Y que lo digas, tiarrón», y entonces él sacó el brazo por la ventanilla, ella se agarró a él y mi padre la metió en su camioneta. Y ahora esa chica es mi tía Jean. Duerme en casa. Y tiene un diente de oro.
Los 14 de Monument, Emmy Laybourne
—[…] mi padre trabaja a veces en un desguace clandestino.
—¿Qué es eso? —preguntó Chloe.
—Un club secreto en el que se desmontan coches. Es muy divertido.
—¿Qué tiene de divertido?
—¡Pues que es secreto, y no se lo puedes contar a nadie! Sobre todo a la policía, porque a ellos no les dejan entrar en el club y les da mucha envidia. Darían lo que fuera por entrar en un desguace clandestino.
Los 14 de Monument, Emmy Laybourne
Por otro lado, cada uno de los libros incluye alguna que otra canción o poema (ahora mismo recuerdo como mínimo cuatro en total); el verdadero reto fue mantener la estructura original y darle ese “tono de canción” creíble. Poco a poco le he ido pillando el tranquillo, y creo que la saloma de La bruja de la verdad o la canción de Daret y Filip de El brujo del viento (¡próximamente!) me quedaron bastante decentes.
Peces del lago, no mordáis mi anzuelo hoy.
Perros callejeros, no vayáis por donde voy.
Estoy que muerdo, que araño, os podría hacer daño.
Los 14 de Monument, Emmy Laybourne
También tuve que enfrentarme al clásico dilema de los personajes hispanos o que hablan en español: uno de los niños pequeños, Ulises, es de origen mexicano, y en varias ocasiones se hace referencia a que el crío se pone a hablar en español y nadie le entiende. Una de las soluciones típicas es cambiarlo por algo del estilo “dijo algo que no entendí”, pero me parecía que en este caso la mejor solución era afrontar el problema sin rodeos: es evidente que el entorno y los personajes son angloparlantes, por mucho que los estemos leyendo en español, y buscar mil artificios para intentar “engañar” al lector innecesariamente me parece que es tomarlo por tonto. Realmente el único momento en el que estarías obligado a cambiar el texto sería la clásica escena de interpretación consecutiva, en la que un personaje habla en español y otro lo va interpretando a otro idioma, de forma que, al traducir el original, el resultado son dos frases idénticas y un problema de coherencia. Al menos un libro te ofrece más libertad que una serie o una película, donde la imagen supone una limitación más para el traductor (recordemos Los Goonies y sus traducciones «al italiano», o la serie Dexter y su «los latinos falamos assim»). Por suerte, Los 14 de Monument no planteaba mayores dificultades en este sentido, así que salimos del paso con un honroso y digno “dijo algo en español”, inclinando un poco la balanza domesticación-extranjerización del lado de esta última.
Ulises se secó la nariz con la manga. Un niño tan majo, que solo hablaba español, atrapado con un montón de angloamericanos. Y no se desanimaba. Se esforzaba cuanto podía. Qué bien me caía aquel chaval.
Los 14 de Monument, Emmy Laybourne
Ya para terminar, quería compartir una impresión general que me transmitió esta trilogía. Creo que el nexo que lo une todo, lo que Emmy Laybourne expresa (conscientemente o no), es la importancia de las madres. En una situación como esta, con unos niños y adolescentes desamparados que tienen que valerse por sí mismos, una de las mejores escenas ocurre en el segundo libro, cuando un grupo de madres voluntarias asisten a los protagonistas. Me pareció una escena muy real, muy sincera. Del mismo modo, aunque al principio los personajes no consiguen entenderse bien con los niños pequeños que tienen a su cargo, no saben cómo tratarlos ni tranquilizarlos, en el momento en que el personaje de Josie sale del shock en el que se encontraba inmersa, adopta el papel de “mamá pato” (de hecho, el capítulo correspondiente se titula así) y el ambiente cambia completamente, es casi mágico. Para mí, toda la trilogía es una especie de sutil homenaje.
Seis niños pequeños en sacos de dormir nuevos, sobre unos colchones hinchables recién estrenados, con almohadas y fundas de almohada también nuevas. Todos en círculo alrededor de Josie, que estaba sentada en el suelo, con una vela delante. Su luz dorada y cálida se reflejaba en los rostros recién lavados de los niños. […]
Josie estaba improvisando un cuento de hadas totalmente extravagante, absurdo e ilógico. Era más o menos así:
—Cuando llegue la Sra. Wooly, traerá un autobús escolar amarillo nuevo y muy grande. Y abrirá las puertas y nos dirá «Venga, chicos, que nos vamos a casa». Henry y Caroline subirán los primeros, claro, porque son los más pequeños.
—Soy catorce minutos mayor que Caroline —apuntó Henry.
—Sí, Caroline irá la primera, y luego Henry. Después Max, Ulises, Batiste y finalmente Chloe, porque ella es la mayor. Y después la Sra. Wooly conducirá por la carretera. El cielo estará muy azul, y el sol brillará con fuerza. Os llevará por la carretera hasta vuestras casas, y vuestros padres os estarán esperando. Imaginad lo preocupados que han estado. Pero ahora ya no importa, porque estáis a salvo. Estáis en casa. Y la Sra. Wooly os llevará de la mano por el jardín y os dejará en la puerta.
Los 14 de Monument, Emmy Laybourne
Nos veremos próximamente en otra entrada, en este caso sobre El lenguaje de las espinas.
